
Ensayo de Damián Guerra
PROLOGO
En una mesa redonda sobre “Teatro e identidad” que compartí en el Instituto Nacional de Estudios de Teatro, Osvaldo Dragún el más certeros de los convocados, definió a la identidad por “lo que circunda al sujeto”
Guerra desde su situación natural- la Quebrada- anuncia pragmáticamente el mismo aserto: “El paisaje, la cultura y el medio socioeconómico donde se desarrolla el sujeto, construye su identidad”, palabras mas o menos.
Pero el sujeto de Guerra, es decir el protagonista del Gran Teatro del Mundo, el Personaje, no se define a través del Yo, como se define en toda nuestra cultura occidental, sino a través de- arriesgo- la disolución de los límites del Yo.
Esa es la raíz, creo, de su estética. Suplantar el ser- arco al futuro tendido por el Yo- con el estar.
Pero el estar de que nos habla, no es una mera contemplación individual del mundo, más bien aparece- por lo menos en este ensayo que prologo- como una opción del nosotros, como una contigüidad, una conciencia compasiva con los demás que permite retrotraernos a una sociedad fraternal, vigente hace más de 15.000 años, desplazada durante la Revolución Agrícola, por formas dominantes de organización.
Guerra, entonces, patentiza la desdicha que persigue al hombre desde aquella instancia histórica, que fue la pérdida de la comunicación colectiva con la Tierra, con la Gran Diosa, Gaia, Geo, Ge, con la Pachamama(l).
En esta cosmología la caída, es decir el pecado original de nuestras religiones ya no reside en haber comido del árbol del Conocimiento y del Bien y del Mal, sino en todo lo contrario en dejar de haber comido la manzana paradisíaca que, en las épocas heroicas, abrió las puertas de la percepción y permitió el lenguaje humano(2).
Dentro de este contexto maravilloso, cósmico, precultural- me niego a decir prehistórico- la búsqueda, al decir de Guerra, de un uso particular del idioma, remite al momento de la aparición de un alfabeto fonético que desplazó el pictográfico existente hacia el lenguaje hablado y escrito. La recuperación e identificación de ese lenguaje es tarea que acomete en la seguridad de que la “enunciación del actor (…) con sus correspondientes poses fonatorias y entonaciones derivadas de los sustratos, mas el importante tiempo de enunciación, son los elementos lingüísticos de acción necesarios para crear un espacio dramático particular y distintivo”.
La oportunidad de prologar su ensayo, me da la posibilidad de desgranar estas generalidades. Confío en que Guerra, con otra obra teatral tan maravillosa como “Manta de plumas” o “El imaginero de la puna”, quiera darme la oportunidad de experimentar, como espectador, el dulce terror de la disolución del Yo, en una experiencia, perdón, casi alucinógena.
Bernardo Carey
(1) Esta pérdida. a mi juicio, es irrecuperable salvo a través del arte o del éxtasis.
(2) MCKENNA, TERENCE; El manjar de los dioses. Paidos Contextos. Barcelona, 1993.
ESPACIO DRAMÁTICO y LENGUA REGIONAL, de Damián Guerra se terminó de imprimir en el mes de septiembre de 1996, en los Talleres Gráficos de la Universidad Nacional de Jujuy, Avda. Bolivia 1239.
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